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Hatewatching, el nuevo hobbie

series-2157586w620Mirar con odio o sorna transformó las formas de consumo de series y películas

En tiempos hiperconectados en los que la cultura se vive más en las redes sociales que en los medios tradicionales, cuando los chatrooms y twitter reemplazaron al "pasillo de oficina", y ante un público que podría pensarse cada vez más impaciente cuando no exigente, el "hatewatching" se volvió un hábito confesable y socializado. ¿Por qué gusta mirar series que se odian y comentarlas en las redes? ¿Masoquismo colectivo o una nueva forma de consumir, construir identidad y hasta exhibir status intelectual?

Según el Urban Dictionary, el hatewatching es un neologismo que hace referencia a algo muy puntual: mirar una serie o una película sólo por el mero hecho de que odiarla. Pero ojo que hay una distinción muy clara entre los llamados "placeres culposos" y el hatewatching, y que reside en que en el primer caso se puede disfrutar de un producto pese a su mala calidad -y en plena conciencia de este hecho-, mientras que en el segundo hay un manifiesto y tangible desagrado por el consumo cultural -que por supuesto no se puede dejar de exteriorizar y compartir. A no confundir, en el hatewatching no hay placer, hay odio, saña si se quiere, y una pésima predisposición con el producto. El término se popularizó por el 2012 con mamotretos televisivos insalvables como el musical Smash (producido por Steven Spielberg), cuando se volvió la comidilla de los críticos especializados mientras que los fans seguían sintonizando sólo para ver el inminente fracaso. Aún así, duró dos temporadas, quizás alimentada por esta mala prensa. Otras series que se pueden "binge-hatewatchear" son longrunners (series con más de 7 temporadas) venidas a menos tipo Grey's Anatomy, Glee o hasta la acartonada Downtown Abbey, y del último tiempo, The Newsroom o la segunda temporada de True Detective. Este último caso de hatewatching merece un párrafo aparte, ya que explica unas de las motivaciones más comunes detrás de este hábito tan peculiar. Ver series híper producidas hasta el último detalle, con cierta pretensión, o inclusive con el aval de supuesta calidad televisiva de canales como HBO, que fracasan, constituye un hobbie irresistible para muchos. Pareciera que cuanto más ambiciosa es la serie, más ganas de verla flaquear se tiene. Pero hay algunos que sostienen que no se trata sólo de morbo o de un retorcido sentido del humor, sino de que hoy en día el consumo cultural se ha vuelto más analizado y deconstruido, y las audiencias expertas en detectar puntos débiles. Un guión demasiado intrincado al punto de volverse quasi incomprensible (como demuestra el siguiente video preparado por el NYT), actuaciones forzadas y un aire de demasiada importancia, algunas de las claves del fracaso de la vapuleada serie de Pizzolatto, que había tenido una primera vuelta exitosa. Tal ha sido el impacto del fenómeno que incluso hay gente que organiza maratones o encuentros sociales en torno al hábito, y numerosas listas que contemplan las mejores series "para odiar". Para compensar, existe algo llamado hopewatching, una especie de contracara benigna que consiste en seguir una serie, pese a las ostensibles fallas, con la esperanza de que mejore. Algo así como una prórroga negociada en donde esperamos, capítulo a capítulo, para renovar el contrato. A veces a fuerza de un sacudón argumental, un repentino cambio de canal o en la dirección, o la eliminación de ese personaje detestable, sucede que las cosas mejoran (un buen ejemplo fue Homeland reviviendo como un ave fénix en su última temporada); otras no es suficiente (Girls, Masters of Sex, The Killing). Pero como dicen, la esperanza es lo último que se pierde.  
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