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El viaje climático de Blur

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El grupo de Damon Albarn dio un show clásico y futurista en Tecnópolis

A las 9 de la noche, después de que se apagaran las luces y el tintineo juguetón de la cajita musical de un heladero del lejano oriente enrareciera el aire de Tecnópolis, Damon Albarn, Graham Coxon y el resto de Blur salieron con puntualidad inglesa a un escenario únicamente decorado con tres bolas de boliche enmarcadas en diseños hindúes sobre un telón negro. Y en cuanto tomaron sus instrumentos, quedó claro que no hacía falta ninguna escenografía: el núcleo emocional de la noche sólo iba a pasar por esa de combustión climática que se produce cuando los cuatro integrantes del grupo se juntan a tocar.
El show empezó con "Go Out", una especie de funk distópico que grabaron en The Magic Whip, el álbum que editaron este año. En la canción, atravesada por pequeñas tormentas distorsivas y coros radiales, Albarn compone una fábula solitaria y masturbatoria mientras Coxon termina arrancándole sonidos ácidos a su guitarra como un soldador en trance. El setlist siguió con "There´s No Other Way", el primer hit de la historia de Blur, registrado en Leisure, su álbum debut de 1991, pero alterada por la nueva naturaleza de la banda. Si la presentación de 2013 en el Quilmes Rock había sido un viaje emocional guiado a los años felices del Britpop, el show de Tecnópolis fue el mapa atmosférico de su transformación en una banda más compleja y sofisticada, comandada por un viajero excéntrico y con un diente de oro que puede perderse en China, Africa o un iPad, y volver con álbumes de hip-hop animado, canciones sobre el futuro y baladas para elefantes huérfanos. "¿Es esto lo que quiero realmente? ¿Estoy posando, haciendo lo que los demás esperan de mí o estoy viviendo el momento?", se preguntaba en la nota de tapa de octubre de RS el cantante, tal vez uno de los artistas contemporáneos más lúcidos y cruciales de nuestra era junto a Thom Yorke y Björk. Pero sobre el escenario, sonriendo, bailando, quejándose de un dolor en la rodilla por saltar la noche anterior en Córdoba o trepándose durante casi todo el show a las vallas para entrar en contacto con el público mientras canta, Albarn parece estar disfrutándolo de una manera hermosa y contagiosa, como si el origen de todo esto no fuera más que el deseo y el placer. Sobre el escenario, el grupo suma a un tecladista que resulta clave en la construcción de las atmósferas, además de la sección de coros y otra de vientos, luces que atraviesan a los músicos desde sus espaldas o reflectores apuntando contra las bolas de boliches para romper la luz en pedazos dispersos que flotan sobre el público. Esta nueva reencarnación del Blur suena como una extraña orquesta alimentada por el caos y la tecnología, por sus vidas fuera de la banda y por la madurez. En canciones como "Lonesome Street", "Ghost Ship", "Thought I Was a Spaceman" o "Ong Ong" resuenan paisajes de Hong Kong, el olor de una feria perdida del sudeste asiático, percusiones tribales y también la hermosa prepotencia de una banda de britpop que en los 90 conquistó el mainstream, cuando el setlist pasa por hits como "Park Life", "Song 2" o "Tender", que funcionan como balas de plata contra los corazones de la audiencia. Sin embargo, los mejores momentos son cuando el grupo construye esas atmósferas extrañas, zapadas que suenan como sinfonías futuristas para un mundo bello y alienado, baladas de ciencia ficción para una civilización conectada.
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