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De la Serna vuelve a la ruta

cine-2141431w620En una road movie sobre la amistad, el actor viaja hacia Bolivia en un Peugeot 505

Desde que un grupo de personajes de diferentes extracciones y carácter se amucharon en el carruaje que atraviesa el Oeste norteamericano en La diligencia, el clásico de John Ford de 1939, la road movie fue convirtiéndose con el tiempo en un género tan popular como adaptable a geografías y contextos. Camino a La Paz, ópera prima de Francisco Varone, deja en claro luego de un prólogo citadino que la suya es una historia de rutas y caminos, de paradas programadas y no tanto. Lejos de querer inventar la rueda, el director se sube a un auto usado, pero en buenas condiciones, e intenta que la carrocería brille con algunos chispazos de originalidad.

Rodrigo de la Serna encarna sin demasiado esfuerzo a Sebastián, un flaco de unos treinta y pico que en la primera escena de la película encuentra un buen lugar, patio parrillero incluido, para mudarse con su novia. Pero nada es ideal y mucho menos perfecto: la pareja apenas si sobrevive con el sueldo de ella y los roces entre ambos parecen cosa de todos los días. Para colmo de males, el teléfono no deja de sonar, pidiendo autos a una supuesta remisería de barrio que cerró o cambió de número hace rato. En una ingeniosa vuelta del guión, Sebastián termina tomando algunos de esos viajes y, finalmente, usurpando por completo el rol de remisero. Esos primeros 20 minutos de Camino a La Paz se revelan como una excusa para poner a Sebastián en contacto con Khalil (Ernesto Suárez, gran logro del casting), un hombre anciano y enfermo que lo requiere para sus constantes visitas al hospital, y es posible hallar allí algunos de los mejores momentos de todo el film. El espectador seguramente conoce a alguien como Sebastián: piola pero fiaca, gamba con los amigos pero aletargado para otros menesteres y obligaciones, un poco loser, obsesivo con el estado de la más relevante de las herencias paternas: un Peugeot 505 "todo original, hasta el tapizado y las cuatro tazas de las ruedas". Además de fanático de Vox Dei, cuya música forma parte esencial de la banda de sonido, aportando el tono de más de una secuencia. Khalil, por supuesto, es casi todo lo contrario: tranquilo, ecuánime, algo sabio. Y, por sobre todas las cosas, paciente, aunque con una notable excepción: ese viaje a La Paz, Bolivia, que debe hacerse en auto y lo antes posible. Sebastián y Khalil, la pareja despareja, saldrán entonces a la ruta como remisero y pasajero pero llegarán -bastante después de lo previsto y en circunstancias no del todo anticipadas- como amigos entrañables. Varone describe esa curva dramática un tanto previsible, alternando momentos de humor con otros dramáticos, tensando los vectores que tienden a oponer a ambos personajes como punto de partida para la comicidad, pero también como origen de la empatía. El hecho de que el viejo Khalil sea descendiente de árabes y practique la religión musulmana le aporta al film un costado seudo-antropológico, ejemplo perfecto de lo dicho: Sebastián pasará del choque y la sorpresa al interés genuino y la posibilidad de la comprensión. En la ruta aparecerán algunos imprevistos menores, como ese perro que no tiene mejor idea que cruzarse en el camino. Pero también, a medida que la película avanza hacia su desenlace, otros no tan fáciles de llevar a buen puerto. A partir de ese momento, como si una sola no fuera suficiente, Camino a La Paz comienza a acumular calamidades: el tono agridulce es gradualmente reemplazado por las lecciones de convivencia y maduración personal, cargando las tintas en emociones que la película ya había logrado transmitir sin caer en el retrato edulcorado. Sobre el final, la cosa roza incluso el aleccionamiento y el film, que nunca había abusado del paisajismo a pesar de los variados panoramas del norte argentino y el sur boliviano que enmarcan la historia, se ve ennegrecido por la sombra del "mensajismo".
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