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A 10 años del estreno de El aura: cinco razones para volver a verla

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Una película perdurable

El aura, el segundo y tristemente último largometraje de Fabián Bielinsky, se estrenó el 15 de septiembre de 2005. Es decir, se cumplen 10 años de su estreno. Y diez años, a las películas hechas para durar, no las afectan, más bien las asientan, las revelan en su calidad de perdurables, acentúan la nobleza de sus relieves. El aura es una de esas películas para volver. Estos son algunos de los muchos motivos.
1. Es la película del personaje sin nombre. El tipo, el taxidermista -ese que en el guión tenía un apellido (Espinoza) y que finalmente no lo tuvo- es un personaje gris, de hombros caídos, obsesivo, atento, según él mismo se define. Un hombre al acecho, aunque no lo parezca, aunque parezca esconderse. Un observador que estudia los mapas que deberá pasar a la acción en el territorio. 2. Es una película ubicada invariablemente en su punto de vista, que se apaga cuando él, por sus ataques de epilepsia, también se apaga. Una película que es una excursión a lo salvaje y al lado salvaje. Al territorio desconocido de los bosques del sur, al territorio desconocido de la personalidad del taxidermista ("vos no me conocés a mí"). El taxidermista cerebral, el que es humillado una y otra vez en el barro de la acción, cree que puede controlar todo. No puede, y deberá adaptarse al barro, deberá saber moverse -aunque trastabille- en la violencia. El taxidermista fue interpretado por Ricardo Darín, que en Nueve reinas parecía ir siempre adelante de Gastón Pauls pero el punto de vista no era el suyo (la película estaba parada sobre Pauls). 3. El aura es una película en la que la violencia no es banalizada sino que irrumpe de forma dolorosa, lacerante, y se impone como perfecta en su ejecución cinematográfica. Parece moverse de forma lenta, de forma arenosa y hasta sorda: es notable el juego con el silencio en ese momento en que ya sabemos que ya no habrá vuelta atrás, cuando el plan empiece a no salir cómo fue planeado y el taxidermista deba improvisar, deba hacer digno de acercarse al perro-lobo. 4. El perro-lobo, ese que no lo respeta y le gruñe, o lo ignora, será una clave. En sus ojos de dos colores habrá sentidos, para la película, para el taxidermista, y para el cine de Bielinsky, que además de sus dos extraordinarios largometrajes había hecho un corto llamado La espera, basado en un cuento homónimo de Borges. En el cuento se hablaba de un hombre que se hacía amigo de un perro-lobo ("se amistó") pero en el corto de Bielinsky no estaba. Quizás El aura haya servido para cerrar esa adaptación borgeana, para no dejar un cabo suelto. 5. Bielinsky era también un obsesivo: un obsesivo de hacer en cada ocasión la mejor película posible. E incluso de llevarlas más allá de sus posibilidades, para que así pudieran durar por décadas. Para que pudieran dialogar entre sí: El aura comienza con Darín levantándose en un banco, y en Nueve reinas terminaba cayendo frente a otro. Bielinsky hacía películas sólidas y a la vez abiertas y sutiles. Para que pudiéramos volver a verlas y volver a conectarlas con el país de ese momento. Y con el que va cambiando y a la vez permanece.
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